
El 28 de agosto de 2026 el mar se retiró de varias playas de Cartagena. En el mareógrafo del puerto medimos 14,8 centímetros de bajada en ocho minutos. Cuatro días antes, en el puerto de Gandía, el mismo tipo de fenómeno dio 62,1 centímetros con el mismo filtro.
Y el aire, por su propio peso, solo explica tres.
Esa resta es la pregunta de este artículo. Un hectopascal, que es la unidad en que se mide la presión del aire, mueve el nivel del mar un centímetro. Es el efecto de barómetro invertido, y el oceanógrafo Francisco López Castejón, profesor de la Universidad Politécnica de Cartagena, lo explicó aquellos días sin necesidad de fórmulas, según recogió Mazarrón Noticias: “Si apretamos el agua de un cubo, en el otro sube. En el mar pasa igual: si aumenta de golpe la presión del aire, el agua se desplaza y baja el nivel”.
Y esa mañana la presión se movió. El aeropuerto de Murcia-San Javier está a tres metros sobre el mar y pegado al extremo norte de La Manga, y sus partes meteorológicos dan 1017 hectopascales a las 09:00 UTC, 1020 a las 09:30 y 1017 otra vez a las 10:00. Tres arriba y tres abajo, en la misma media hora en que el mareógrafo bajó los quince centímetros. Por peso del aire, tres hectopascales son tres centímetros. Faltan doce. Y en Gandía, donde el mar bajó sesenta y dos, falta mucho más: allí no hemos medido la presión, así que de ese hueco solo sabemos que es grande.
La resonancia, en una frase
La explicación habitual es la resonancia. Una perturbación de presión que viaja sobre el mar empuja una onda larga: una ola de kilómetros de ancho y pocos centímetros de alto. Si avanza a la misma velocidad que ella, el empujón llega siempre en fase y la ola crece kilómetro a kilómetro. Es como empujar un columpio en el momento justo, una y otra vez.
Se llama resonancia de Proudman, se describió en 1929, y la revisión canónica de Monserrat, Vilibić y Rabinovich en Natural Hazards and Earth System Sciences la formula así: se da cuando “U=c”, es decir, cuando la velocidad de la perturbación iguala la de la onda larga.
Y aquí está la parte que convierte esto en un problema de mapa: la velocidad de una onda larga depende solo de la profundidad. Cuanto más hondo, más rápido viaja. Así que para cada velocidad de la perturbación hay una profundidad concreta en la que las dos coinciden. Los mismos autores sitúan la resonancia en “extensas regiones de aguas someras”, en nuestra traducción, de entre 40 y 160 metros de fondo.
La velocidad que tenemos es prestada
Para esta costa existe una velocidad revisada por AEMET, pero es de otro episodio. En Sinobas, donde AEMET recoge fenómenos poco frecuentes, el revisor que validó el registro de aquel episodio de Santa Pola anotó que la perturbación “se desplazaba con una velocidad media de 90 km/h”, y que eso “favorece que se produzca la denominada resonancia de Proudman”.
Esa misma ficha declara que no existe informe de AEMET sobre ella y que no puede usarse con fines administrativos o legales. Y del 28 de agosto de 2026 no disponemos de ninguna velocidad medida.
Así que lo que viene es una cuenta con un número prestado, y conviene tenerlo delante todo el rato. Si la perturbación va a 90 kilómetros por hora, la onda larga corre a esa misma velocidad allí donde el fondo está a 64 metros.
Dónde está ese fondo
Con esa profundidad en la mano, la pregunta se vuelve concreta: ¿a qué distancia de cada playa está el fondo de 64 metros? La respuesta la da el mapa de profundidades de EMODnet Bathymetry, la referencia europea.
El fondo llega a los 64 metros a ochocientos metros de La Azohía. A once kilómetros del tramo norte de La Manga. En Cabo de Palos, a dos.
Eso es catorce veces más lejos, en treinta kilómetros de costa. La misma onda de aire encuentra la profundidad que necesita a distancias muy distintas según el tramo, y ese reparto es el primer sospechoso de que el mismo día unos sitios noten la oscilación y otros apenas.
También explica por qué el mareógrafo del puerto de Cartagena, protegido por sus diques y a veinticinco kilómetros de esas playas, no tiene por qué registrar lo que allí se vio. Los quince centímetros son lo que pasó en ese puerto. No son lo que pasó en La Manga, y no hay instrumento que lo diga.
Esto no es una demostración, y hay dos motivos
El primero es de tamaño. La revisión que citamos exige extensiones grandes de fondo poco profundo, y nosotros medimos un solo perfil perpendicular a la costa. Un perfil no es una extensión.
El segundo es la dirección. La propia ficha de AEMET subraya que el puerto de Santa Pola estaba “abierto al sur, perpendicular a la dirección de desplazamiento de la onda”. Nuestra cuenta no mira la dirección en absoluto: da la misma respuesta viniera la onda de donde viniera.
Vale para saber dónde mirar. No vale para poner un límite ni para afirmar que el 28 de agosto hubo resonancia de Proudman frente a La Manga.
Qué haría falta para salir de dudas
Hace falta presión minuto a minuto. La que hay son partes de aeropuerto cada media hora y en hectopascales enteros: sirven para ver que hubo una oscilación de tres, pero no para cronometrarla. Y con un solo barómetro tampoco bastaría: la velocidad se mide viendo llegar el mismo salto a horas distintas a dos o tres puntos de esta costa. Con eso se sabría si la resonancia llegó a darse.
Y hace falta un punto de medida de nivel que registre cada minuto en costa abierta, fuera del abrigo de un puerto, entre Cabo de Palos y La Manga. Hoy toda la costa de la Región de Murcia se cubre desde un único punto, dentro de un puerto. Para mareas y nivel medio eso basta. Para una oscilación de minutos que se amplifica según la forma de cada rincón, la física dice que no.
El fenómeno ha vuelto tres veces en cinco años: 2021 en Santa Pola, 2026 en Valencia y en Murcia. Medirlo bien es lo que hacemos en vigilancia del medio marino y costero, y aquí, como en el estiaje del Rin, lo que falta no son datos: es el punto donde tomarlos.