
El 26 de julio, por el Día Internacional de la Conservación del Ecosistema de Manglar, el programa espacial de la Unión Europea publicó una escena Sentinel-2 del estuario del Guayas, en Ecuador. La descripción menciona la trama que domina el paisaje y dice que esas figuras geométricas del este y el oeste son balsas de acuicultura, en un estuario donde se cría camarón, molusco y pescado: “the extensive geometric features to the east and west correspond to aquaculture ponds, in an estuary where shrimp, mollusc and fish farming is performed”. Y cierra afirmando que las imágenes de Sentinel-2 permiten cartografiar con regularidad la extensión del manglar, las zonas de acuicultura y los cambios en los canales de marea: “supports regular mapping of mangrove extent, aquaculture areas, and changes along tidal waterways”.
Nombra la clase y no la mide. Nosotros hemos medido, sobre un recuadro de 61,2 por 61,1 kilómetros que contiene Guayaquil, la isla Santay y los esteros de alrededor: 39.149 hectáreas de agua encerrada, agua que no toca el cauce mareal en ninguna de las cuatro imágenes. Aquí eso es sobre todo balsa de acuicultura, las piscinas donde se cría el camarón, que allí llaman camaroneras, pero no solo, y al final decimos qué más cabe ahí. Es el 10,5 por ciento de la superficie del recuadro y dos tercios de las 57.395 hectáreas que ocupa el propio cauce mareal, río, esteros y canales incluidos.
Esa cifra no sale de una imagen. Sale de cuatro, y el resto del artículo va de cuánto se pierde con una sola.
Lo que se ve en la escena
La portada es nuestra: el mismo dato del archivo abierto de Copernicus, la misma pasada que publicó el programa europeo, la del 4 de julio de 2026 a las 15:43 UTC, y procesado propio. Cubre 52,3 por 29,4 kilómetros.
No es la misma composición que la suya. “Falso color” no designa una receta concreta, sino cualquier asignación de bandas distinta de la del ojo, y la de eu-space pinta la vegetación en verde: “this false-colour image shows vegetation in shades of light and bright green”. La nuestra es la combinación infrarroja clásica, con el infrarrojo cercano en el canal rojo, y en ella la vegetación sana sale roja. Las dos son falso color y las dos son el mismo dato; lo que cambia es qué banda va a qué canal.
En el centro baja el Guayas, turquesa por la carga de sedimento, rodeando la isla Santay. A la izquierda, la trama gris clara de Guayaquil. Al suroeste, el manglar del Estero Salado, que en esta composición sale rojo intenso y dibuja un laberinto de meandros y canales de marea. Y a los dos lados, cubriendo casi todo lo que no es ciudad ni manglar, la cuadrícula: bloques enormes de rectángulos oscuros separados por muros que en falso color aparecen como líneas rojas finas, porque llevan vegetación encima.
Esa cuadrícula es el asunto, y también lo son las nubes: aquí ocupan las dos esquinas de la derecha, el borde izquierdo y la parte de abajo.
El criterio no es la forma, es la conexión
Para separar una balsa del estero que tiene al lado no hace falta reconocer rectángulos. Basta con una propiedad más simple y más robusta: una balsa está rodeada de muros, así que su agua no forma una sola pieza continua con la del estuario.
Se marca el agua con el índice NDWI, que compara la banda verde con el infrarrojo cercano y que el portal Space4Water de la Oficina de Asuntos del Espacio Ultraterrestre de Naciones Unidas recoge, citando a Sentinel Hub, apoyado justamente en esas dos bandas: “The index uses the green and Near Infra-red bands of remote sensing images based on this phenomenon”. De toda el agua del recuadro se toma después la pieza continua más grande, la que se puede recorrer de punta a punta sin salir del agua: aquí es el Guayas con el Estero Salado y su red de canales. Y todo lo demás que sea agua y no toque esa pieza, en trozos de 2 hectáreas o más, es agua encerrada.
El criterio tiene una fuga por cada lado y conviene decirlas antes de dar la cifra. Una balsa se llena y se vacía por canales de toma y descarga que van al estero, así que si un canal abierto mide más que un píxel de 20 metros, esa balsa queda pegada al estuario y sale de la cuenta: eso resta. Al revés, cualquier cosa que corte el estuario en trozos convierte pedazos de río en falsa balsa: eso suma, y le dedicamos un apartado entero más abajo porque es el error grande.
Lo que contamos así son recintos, no balsas una por una. A 20 metros de píxel, un muro estrecho entre dos balsas vecinas no siempre se resuelve, y entonces las dos se cuentan como una pieza. Los 3.894 recintos que salen son por tanto un mínimo del número de balsas, no el número de balsas.
Cuánta agua encerrada hay
Las 39.149 hectáreas se reparten en 3.894 recintos con una mediana de 5,0 hectáreas, y el mayor llega a 934 hectáreas, que es un bloque entero mal separado por lo que acabamos de contar. Casi la mitad de las piezas no llega a 5 hectáreas y apenas suma el 17 por ciento de la superficie, mientras que 175 piezas grandes concentran el 43.
| Tamaño del recinto | Recintos | Superficie | Parte del total |
|---|---|---|---|
| Menos de 5 ha | 1.931 | 6.682 ha | 17,1 % |
| De 5 a 10 ha | 1.339 | 9.142 ha | 23,4 % |
| De 10 a 25 ha | 449 | 6.620 ha | 16,9 % |
| 25 ha o más | 175 | 16.704 ha | 42,7 % |
La clase de abajo empieza en el corte del método, que a esta malla cae en 50 píxeles, o sea 1,997 hectáreas y no 2,000 clavadas. Por debajo quedan otras 6.570 hectáreas de agua encerrada que no contamos: a ese tamaño una balsa pequeña no se distingue de una charca, de una zanja ni de un error del propio índice.
La cifra depende también de dónde pongas el umbral del índice y de qué índice uses, así que publicamos las cuatro variantes en vez de elegir una y callarnos. Mover el umbral entre -0,10 y +0,10 mueve el resultado un 4 o un 5 por ciento. Cambiar de índice pesa más: el MNDWI, que usa el infrarrojo de onda corta en lugar del cercano, da 34.249 hectáreas, un 12,5 por ciento menos, y a la vez engorda el cuerpo mareal en 12.054. Parte de esa diferencia es que detecta más agua en total y parte encaja con la fuga por canal de toma, y estos datos no permiten repartirla. La horquilla va de 34.249 a 41.223 hectáreas: 39.149 es el valor de la receta que publicamos, no un número exacto. Y acota solo la elección de índice y umbral, no los agujeros que vienen a continuación.
| Variante | Agua encerrada | Diferencia |
|---|---|---|
| NDWI con umbral 0,00 | 39.149 ha | medida publicada |
| NDWI con umbral -0,10 | 37.657 ha | -3,8 % |
| NDWI con umbral +0,10 | 41.223 ha | +5,3 % |
| MNDWI con umbral 0,00 | 34.249 ha | -12,5 % |
Fuera de esa horquilla queda un sesgo del que avisa la propia fuente que citamos, en el mismo párrafo: “It is sensitive to built-up land and often results in over-estimated water bodies”, o sea que el índice reacciona al suelo urbano y tiende a sobrestimar el agua. Guayaquil está dentro del recuadro. Lo hemos acotado midiendo cuánta agua encerrada cae en un rectángulo de 297 kilómetros cuadrados que envuelve la mancha urbana densa: 1.866 hectáreas, el 4,8 por ciento del total. Ahí dentro hay balsas de verdad pegadas a la ciudad, así que ese 4,8 es el techo del problema, no una corrección que se pueda restar. La misma ficha sitúa el agua por encima de 0,5 y el suelo urbano entre 0 y 0,2, y nosotros cortamos en 0,00. No es un descuido: con la carga de sedimento de este estuario y con balsas de poca profundidad, un corte en 0,5 se deja fuera hasta el propio río. Bajarlo se paga con ese sesgo urbano.
Sobre un recuadro de prueba de 16,7 kilómetros de lado, una sola fecha y la geometría de esa fecha, medir a 10 metros en vez de a 20 cambia la superficie un 2,7 por ciento con NDWI y un 0,4 con MNDWI. El tamaño de píxel apenas mueve el área total, y eso no significa que dé igual: donde manda es en decidir si un recinto toca o no el estuario, y un solo píxel puente cambia de clase una pieza entera. Esa parte no la hemos medido.
La primera razón para no fiarse de una imagen: la nube
Sobre este estuario cruzan dos órbitas de Sentinel-2 con diez minutos de diferencia, y solo una lo cubre entero. Entre el 5 de mayo y el 29 de julio de 2026 esa órbita pasó 18 veces. La mejor de las 18 dejó ver el 69,2 por ciento del recuadro. La media de las 18 es el 27 por ciento, y solo dos pasadas superaron la mitad.
Lo que contamos como visible es lo que el propio producto declara limpio. Cada escena de Sentinel-2 se distribuye ya corregida de atmósfera y acompañada de un mapa que etiqueta cada píxel, y que en palabras de la documentación técnica de Copernicus contiene “a classification map which includes three different classes for clouds (including cirrus) and six different classifications for shadows, cloud shadows, vegetation, not-vegetated land, water and snow”. Descartamos nube, cirro (la nube fina y alta que deja pasar luz pero enturbia el dato), sombra de nube, nieve, píxel saturado y píxel sin dato, y nos quedamos con el resto.
Con cuatro fechas de esa órbita, las cuatro mejores, el recuadro se ve casi entero: el 91,5 por ciento de la superficie es utilizable al menos una vez, y el 8,5 restante, unas 31.700 hectáreas, no lo vimos limpio ninguna de las cuatro veces. Esa base es la que sostiene la geometría que usamos, y por eso el cuerpo mareal se define una sola vez sobre la unión de las cuatro pasadas y no fecha a fecha.
La segunda razón: las balsas se vacían
Una balsa vaciada después de la cosecha es suelo desnudo, y ninguna imagen la cuenta como agua. Para medir cuánto pesa eso hay que comparar fechas sobre la misma superficie, así que nos quedamos con la parte del recuadro visible en las cuatro pasadas a la vez: 66.512 hectáreas, el 17,8 por ciento del total.
Dentro de esa zona común, el agua encerrada que ve la mejor fecha suelta son 8.469 hectáreas. Juntando lo que ve cada una de las cuatro, sin contar dos veces lo que se repite, 9.690. La mejor imagen suelta se deja un 12,6 por ciento, y la peor un 14,4. Solo el 65,9 por ciento de esa superficie tenía agua en las cuatro pasadas.
La comparación se ve a simple vista en un bloque de balsas al este del río, 8,9 por 5,0 kilómetros donde el 63 por ciento del encuadre es balsa y donde el 96,8 por ciento de los píxeles sirve en las dos fechas, así que quedan 2.734 hectáreas de balsa comparables. El 19 de junio tenían agua 2.499 hectáreas y el 4 de julio, 2.423. Parecen casi lo mismo, y no lo son: 371 hectáreas cambiaron de estado en esos quince días, 223 que se vaciaron y 148 que se llenaron. Es el 13,6 por ciento de la superficie de balsa del encuadre moviéndose en dos pasadas.


Ahora la parte que no favorece a nuestra propia cifra. De las 1.221 hectáreas que la mejor fecha se deja, solo 494, el 40,5 por ciento, llegan en piezas compactas de 2 hectáreas o más, la mayor de 17,8. El resto entra como orlas estrechas alrededor de recintos que esa fecha ya contaba, y eso no es una balsa nueva: es la misma balsa con el nivel un poco más bajo. De ese 12,6 por ciento de defecto, unos 5 puntos son recintos enteros secos y unos 7,5 son borde.
El error grande no es el que parece
Hasta aquí la nube quita superficie y las balsas cambian de estado. Hay un tercer efecto, y es el que más daño hace, porque no resta sino que multiplica.
El método se apoya en que el cuerpo mareal es una sola pieza continua. Una nube atravesada sobre el río la corta en trozos, y entonces la pieza mayor deja de ser el estuario entero. Los pedazos que quedan sueltos son río, pero el procedimiento los ve como agua sin conexión con la marea y los apunta como balsa.
Lo hemos medido. Definiendo la geometría solo con la mejor escena, la del 19 de junio, el cuerpo mareal se encoge a 24.832 hectáreas y el agua encerrada se dispara a 55.170 hectáreas, un 41 por ciento por encima de las 39.149 que salen con la geometría de las cuatro fechas. Con una imagen se ve menos agua en total y aun así se atribuye mucha más a las balsas. El fallo no es de precisión, es de clasificación, y no avisa: la cifra sale redonda, plausible y mal.
De ahí la regla práctica. La conectividad se define una vez sobre la unión de varias pasadas, y solo después se mide cada fecha contra esa geometría fija. Es la misma disciplina que aplicamos al comparar dos escenas de una costa mareal: lo que cambia entre imágenes tiene que ser el fenómeno, nunca la superficie que evalúas.
Lo que esta medida no dice
No dice cuánto manglar hay. Separar manglar de otra vegetación de ribera con una sola escena óptica no es fiable, y no lo hemos intentado: la escena de la portada enseña el manglar del Estero Salado, pero enseñar no es medir.
No dice que toda esa agua sea camarón. Ahí caben lagunas cerradas, reservas de riego, salineras y arrozal recién inundado. Con estos datos solo hemos podido descartar la lámina de agua con planta encima: el índice de vegetación dentro del agua encerrada promedia entre -0,11 y -0,26 según la fecha, en una escala de -1 a +1 donde la vegetación viva pasa de 0,2, y menos del 2,1 por ciento de esos píxeles llega ahí. Es agua descubierta. Un bancal de arroz recién anegado también lo es, y ese no se separa sin cruzar con un mapa de usos del suelo o con la serie completa del año. Es la primera mejora pendiente.
Tampoco dice cuántas balsas hay, por lo del muro sin resolver. Para eso hace falta más detalle o un sensor de radar, y es una medida distinta.
Las 39.149 hectáreas son además todo lo que apareció con agua en alguna de las cuatro fechas de junio y julio, no un estado: una balsa seca en las cuatro pasadas es invisible aquí, y el índice empuja hacia el mismo lado, porque sobre agua muy turbia baja y puede caer por debajo del umbral.
Y queda la marea. Las 57.395 hectáreas de cauce son la geometría acumulada de las cuatro pasadas, no una lámina de agua instantánea; la cifra de balsas es mucho menos sensible, precisamente porque un muro la aísla de la marea.
Qué decisión permite
Quien vigila superficie acuícola quiere saber cuánta hay, y también cuánta está en producción. Lo primero se contesta con una geometría estable de varias pasadas; lo segundo, con la serie temporal encima. Medir con la imagen del mes que mejor salió es responder a las dos cosas con la peor herramienta.
Es un sector con dinero encima. El gremio acuícola ecuatoriano cifró las exportaciones de camarón de 2025 en 7.470 millones de dólares, un 23,2 por ciento por encima de 2024, y en esa misma nota un directivo del sector lo describe como el primer exportador mundial. Alrededor de esa cifra hay concesiones que fiscalizar, certificaciones que auditar y compromisos de no expansión sobre manglar que alguien comprueba. Un 13 por ciento de diferencia en la superficie contada, o un 41 si además se define mal la conectividad, no es un matiz de método: es un expediente que se sostiene o no se sostiene.
El procedimiento que se deduce es corto. Define el cuerpo de agua conectado sobre la unión de al menos cuatro pasadas limpias. Mide cada fecha contra esa geometría fija. Y publica el reparto por número de observaciones con agua, porque distinguir la balsa activa de la que descansa vale tanto como el total.
Qué construimos con esto
Mapear balsas desde el satélite es un ejercicio conocido, y recrear una escena y calcular un índice es la parte fácil. Lo que montamos en T3 AISAT para pesca y acuicultura, agua y agro es el paso entero: elegir las pasadas que sirven, fijar la geometría, medir la serie, publicar la sensibilidad y dejar el procedimiento escrito para que dentro de seis meses dé un número comparable y no uno nuevo. La misma disciplina con la que medimos lo que la estadística europea de incendios deja fuera, aplicada aquí a un estuario.
Si tuvieras que declarar la superficie acuícola de tu zona el mes que viene, ¿con cuántas imágenes la contarías?